Sobre mí | Mortiz
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Sobre mí

Soy Mina Ortiz y nací una tarde del incipiente verano del mil novecientos setenta. Vine al mundo el día que se celebraban las hogueras de San Juan y creo que esa noche (que la llaman mágica), la luna me otorgó algo más que un cálido y tranquilo sueño…

Por suerte o por desgracia, mi cabecita no para de albergar cualquier imagen, que tan pronto la idealizo y la veo acabada, como en cuestión de minutos, otra desbanca a la anterior. Pero afortunadamente, muchas de esas idealizaciones, acaban materializándose (creo yo), en un buen trabajo.

Dibujo y pinto casi desde que era una niña, aunque tengo que decir que lo primero fue antes, mucho antes. Estudié en La Escuela de Arte Luján Pérez y en La Escuela de Arte y Superior de Diseño, en donde aprendí muchísimo, pero realmente y, siempre lo digo, de quien me impregné de arte en todos los niveles, fue de Mario Antígono. Con él estuve alrededor de dos años en su taller, junto con otros compañeros y fue una temporada bastante buena en mi vida, de esas que se guardan en tu memoria para siempre.

En mi paso por La Escuela de Diseño, aprendí nuevas tecnologías, con programas potentes como Adobe Illustrator o Photoshop y, que hoy utilizo en muchos de mis diseños, ilustraciones y diseño gráfico. Soy una mujer con un lápiz pegado a la mano, me apasiona dibujar y para mí es una necesidad, pero no podría dejar atrás el dibujo gráfico, es un complemento perfecto para mi trabajo.

Remontándome años atrás, exactamente cuando tenía siete años, ocurrió algo que podría describir mi necesidad de plasmar mis pensamientos y lo que observaba… No recuerdo fechas, pero sí cada momento de aquella anécdota con sabor dulce y amargo.

” Hacía unos días, mi padre le había hecho un regalo a mi madre. Ella por aquél entonces era muy coqueta y siempre iba arreglada, le gustaba pintarse los labios de rojo carmín, no había otro color en su bolsa de maquillaje, tenía diferentes tonalidades de ese color.

Aquel día mi padre llegó del trabajo con un paquetito para ella. Era una barra de labios Chanel de un rojo luminoso y les puedo decir que no solo a mi madre le encandiló. Me acuerdo perfectamente del envase, era precioso, blanco con incrustaciones muy finas en dorado. Pero ese color que había dentro… ¡ay Dios! lo veía sobre un blanco reluciente, o sea, sobre una pared. Para que ustedes me entiendan, yo parecía cual perro babeando por un hueso de chuletón.

Pasaron los días y yo seguía recordando esa barra de labios hasta que no sé todavía qué me impulsó a ir a la habitación de mis padres, cogerlo y salir fuera de mi casa, ir al pasillo de la comunidad y empezar a dibujar en una pared que tenía perfectamente unos ocho metros. Recuerdo que quería dibujar árboles, nubes, casas… solo pude hacer un arbolillo, no estuve allí ni 10 minutos, hasta que la vecina de enfrente abrió su puerta y a mi se me vino el mundo encima. Ella no sabía con qué había pintado eso, porque enseguida que la escuché, guardé la barra en algún bolsillo rápidamente. No sé si ella hizo bien o mal, pero entró en su casa, cogió agua y trapos con jabón y limpió como pudo lo que yo había hecho sin decir nada a mis padres.

La barra de labios de mi madre no volvió a su sitio, pues estaba hecha un desastre y creo que yo pensaba, que ella no se daría cuenta de su falta. Tonta de mí, ¿cómo no la iba a echar en falta si era su preferida? Empezó a preguntar quién la había cogido, a lo que mis hermanos y yo dijimos que no habíamos sido nosotros, pero… ¿no hay siempre entre hermanos algún revoltoso? sí, claro, en este caso era mi hermana y se llevó todas las “tortas”, como también dice el dicho “se coge antes a un mentiroso que a un cojo”. Mi vecina fue muy benévola limpiando mi comenzada obra de arte, pero no lo fue al enterarse de lo sucedido por mi madre, supongo que debió intuir que yo estaba dibujando con ese carmín de Chanel. Ya se podrán imaginar la que me cayó a mí”

 

Ese día, aprendí una lección y también me aferré al mundo de las artes visuales.

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